16.9.07

¡Que mueran los de tres años!

La caja de cenizas era minúscula. Y mucha era la gente en la iglesia. Los padres del niño veían con amor y resignación la pequeña cajita. El papá del infante dice que con que la muerte de su hijo haya cambiado a alguien para bien, ya valió la pena. Y al ver su mirada, a todos se nos anudaba la garganta. Ningún padre debe de enterrar a sus hijos. Tengan una razón o no para morir.

No quiero minimizar el suceso anterior. Intento explicar la magnitud que tiene la muerte de un pequeño de tres años en la sociedad. No habrá vivido mucho, pero el número de gente que afectó era más o menos su edad multiplicada por mil. Y todos con la garganta cerrada.

Ahora bien, aquí había muerto un niño. El dolor que saltó de ahí fue a parar a todas partes. Pero quisiera imaginar qué pasa en los lugares donde niños de 3 años mueren a diario. Etiopía, República Democrática del Congo, Haití, Irak y un largo etcétera. ¿Pero qué traemos contra los humanos?

Lo primero primero. Poderoso caballero es don dinero. Y también es una droga igual de poderosa. Irak es probablemente el mejor ejemplo de esto. Según la página web Iraq Body Count han muerto alrededor de 14 mil civiles. No hay datos exactos, por supuesto, pero calculemos que hayan muerto mil niños de tres años. Mil mezquitas abarrotadas de gente con lágrimas en los ojos. ¿Y la misión de estos pequeños? A claro, abastecer de petróleo con su muerte. Si alguien me dice que no es ésa la razón de la invasión a Irak, déjenme troncharme de risa por su ingenuidad (por no decir otra cosa).

En Irak se invirtió más dinero que en nuestro país al “acabar” la guerra (Forbes Magazine, 2004). Pero lo que ganaron fue impresionante: 70 millones de dólares al día, para formar la increíble cantidad de 20.24 miles de millones de dólares. Claro que esto fue administrado por los estadounidenses bajo la Coalición de Autoridad Provisional de Irak. Cuando llegó a manos del Fondo de Desarrollo de Irak, el encargado de hacer los programas de salud para niños por ejemplo, había sólo 216 millones. (American Free Press, 2004)

No cabe duda que el resto del dinero seguro (segurísimamente) fue a parar a alguno de los muy necesitados países africanos. No tengo ni la más mínima duda al respecto. Porque claro, los niños van primero. Los africanos antes que los iraquíes.

La verdad es que ni unos ni otros. África tiene desde hace más de 15 años un aspecto falleciente. Centrémonos en el SIDA africano. Todas las naciones africanas tienen un porcentaje significativo, por lo menos 3% (ONU, 2003) de gente (entre los que hay niños de 3 años) con SIDA. Hoy en día, las farmacéuticas son las que deciden que enfermedades curar. Es en serio. Los laboratorios son los que “invierten” en la investigación de una cura, pero sólo si es redituable (si no me creen, métanse a los sitios de internet en donde viene la relación con inversionistas de los laboratorios). El tratamiento, y la cura aún no descubierta, son carísimos. Y las farmacéuticas saben que los africanos no tienen ni dónde caerse muertos. En otras palabras, es un negocio no rentable.

Lo más triste del caso es que se ha desensibilizado la gente. Y no por ver violencia en la televisión, sino por la avaricia. El dinero nos ha puesto esos antifaces que les ponen a los caballos. Ya no vemos a los miles de niños muertos, las miles de madres sin hijo, los miles de personas con una lanza clavada en el cuello y que piensan ¿por qué? Lo único que vemos son cifras. Y que sean altas y verdes (o en euros, ya que está de moda).

Yo soy así. Soy insensible. ¡Qué mueran los de tres años! Al fin y al cabo voy a tener más. Y sólo cuando llego a ver la cajita de cenizas otra vez (cada vez que cierro los ojos) me doy cuenta de qué soy. Un criminal contra la humanidad.

Miles o millones de niños y niñas son segados por el hambre o las balas. Multipliquen sus edades por mil y sabrán que tanto sufren en ésos países.

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