7.6.07

Batallas en el Pasillo

Me acuerdo que era el último año. Ya habían pasado parciales, pero no los finales: Español, Literatura, Historia, Filosofía, Psicología. El prefecto regañaba cada vez menos, el de deportes cada vez checaba el uniforme con más flojera. Los padres tenían cada día una mayor esperanza de que nos fuéramos.

Por todas partes sonaba la pompa y la trompeta: ta, tarara, ta, ta, ta, tarara tata… Fue el año de los escupitajos, de los lunchs robados, de los cristales rotos. Dicen que a la siguiente no nos graduaremos. Qué nos importa: con el otro director estábamos peor.

La cara del Señordirector por todas partes: salones, pasillos, canchas, oficinas… Adulación pública, insaciable maledicencia privada. Ya no nos castigaban, ya no nos enseñaban nada. Los de fuera de la escuela se preocupaban por nuestro futuro, nuestros ideales, nuestra carrera, nuestros estudios.

Decían los reportes ecolares: Se han peleado otra vez los salones, Golpearon a los de área uno, Área cuatro defiende a los cuatro doctorcitos, Un niño de área tres golpeado por sus propios compañeros por salirse del salón, Pican con plumas el AD y el BC. A nosotros no nos importaba nada. No había futuro que nos importara.

Mientras tanto nos entrenábamos mejor para cada pelea, buscábamos maneras de causar dolor más fáciles y fuertes, nuevos sistemas de batalla grupal que parecían excéntricos pero luego eran indispensables: el jalón de cachete, el tirón de oreja, la picada de ojo, la bolita, el zape.

Comenzábamos a organizarnos como un ejército bien definido y ordenado. Ya comenzábamos a usar armamento como zapatos, plumas, estuches, bancas. Únicamente los doctorcitos no tenían más que sus puños desnudos.

Los maestros se habituaban al desorden que antes les parecía una aberración. En nuestro salón no se admiten maricas ni traidores, le escuché decir a Ramón. Yo nada más golpeo a los del BC: Hay que fortalecer el temple del área cuatro.

Los muchachos corríamos por los pasillos buscando a quién “secuestrar”. La víctima siempre llevaba en la frente o en el pecho un mensaje con plumón de advertencia o de desafío para el otro salón.

Después salíamos todos en tropel, corríamos y nos empujábamos. Malditos. Estúpidos. Otras sandeces peores. Al final, siempre acabábamos todos moreteados. Todo el año fue el ir y venir de un salón a otro en pie de guerra. Todo el año fue destruir el estado anímico y físico de los otros para mostrar nuestro poderío.

Al final, no hubo vencedores, sólo grupos dolidos pero felices.

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