10.5.06

El momento de siempre

El camino a Al-Tashir era bastante largo. Del sol sólo se veía una pequeña franja pegada al horizonte que proyectaba las sombras de los dos caminantes mucho más largas de lo que eran ellos. Ambos se veían cansados. Ambos tenían las cejas pobladas y las narices largas y eran muy delgados.

Lo que más los diferenciaba, era la estatura, pues uno era bastante más alto y parecía tener por lo menos veinte años mientras que el otro era más menudo y debía tener quince años a lo mucho. Este último tenía los ojos color ámbar. Ambos iban vestidos con túnicas blancas y una faja roja en la cintura. El más grande habló:

-Es hora de rezar.
-¿Tenemos que hacerlo ahora, Mohammed? ¿No podemos hacerlo mejor llegando a Al-Tashir?- preguntó el pequeño, y en su voz se podía notar el cansancio.
-No. Tiene que ser ahora Malak.- fue la contestación de Mohammed, y dicho esto se postró en el suelo, seguido por el pequeño de mala gana. Hicieron sus rezos en dirección a la Meca como les habían enseñado y al poco rato se levantaron en silencio y siguieron su camino. El sol ya casi no alumbraba esta vez, y ambos estaban más frescos que antes.
- Mohammed, pensándolo bien no quiero llegar al pueblo.- dijo de nuevo el pequeño cuando habían ya avanzado un buen trecho.
-¿Y eso? Malak, no me vayas a salir otra vez con el cuento de que todos ahí se ven tristes. Además, ¿no quieres ver a Mona?
-Bueno, eso si... - y luego siguió casi en un susurro - Pero sí se ven tristes... hasta ella.

Mohammed ya no hizo caso, al fin y al cabo ya estaban llegando al pueblo de Al-Tashir, o mejor dicho, a lo que parecía que alguna vez fue un pueblo. Las casas parecían haber sido chamuscadas hace tiempo. La gente, la poca que se veía, daba la razón a Malak, pues todos iban con caras que se hubieran visto felices en un cementerio.

-Malak, vete adelantando a la casa, yo tengo que ir a una reunión de la yihad.
-Mohammed ¿esta vez puedo ir contigo?
-Por millonésima vez Malak, eres muy joven aún. Tal vez en dos años.
-Siempre dices lo mismo.- y salió corriendo hacia su casa.

Si se le podía llamar casa. Era una especie de ruina de lo que pudo haber sido un pequeño palacete hace tiempo, pero ahora tenía boquetes por todas partes y no tenía techo, a excepción de una esquina, que era donde dormían los tres.

Y digo los tres porque al encuentro de Malak salió una joven, que parecía tener veinte años más de los veinticinco que tenía, pero sin quitarle la hermosura de sus facciones árabes. Abrazó al chico.

-¡Malak! Qué bueno que regresaron, estaba preocupada...
-¿Por qué? Si nada más fuimos, como todos los días, a la granja del otro pueblo a trabajar. Mona, te quiero mucho pero siempre he creído que eres muy exagerada.-le dijo Malak con una sonrisa. Y así como estaban abrazados se sentaron en una especie de banca que había en el palacete.
-Estoy preocupada sobre todo por mi hermano, ¿sabes Malak?, creo que pronto se querrá ir...
-¿A dónde iría, Mona? No tiene a nadie, sólo a ti y a mí.- siguió diciendo Malak con la misma sonrisa que antes.

Mona no respondió, pero sus ojos brillaron por una fracción de segundo con una chispa de juventud, para volver luego a su estado normal y cansado.

Cenaron y se acostaron en el suelo para dormirse, y Malak preguntó:

-Oye Mona, ¿tú y Mohammed van a estar conmigo para siempre?
-Pero, ¿porqué preguntas eso?
-Porque no quiero que me hagan lo mismo que me hicieron mis padres...

Y oyendo esto Mona se levantó encolerizada y le gritó al muchacho:

-¡Tus padres no tuvieron la culpa! Yo lo sé porque yo sí estuve aquí, y vi cómo tus padres, los míos y muchos más fueron acribillados por los soldados, mientras que los bebés como tú estaban seguros en el campo.- y dicho esto se volvió a acostar. Malak empezó a sollozar, arrepentido de haberla hecho enojar.

La quería tanto, y también a Mohammed, casi como madre y padre, pues lo habían sido para él por los últimos diez años. De lo último que se dio cuenta antes de dormirse fue que Mona lo abrazaba, como lo hubiera abrazado una madre. Y oyó que le decía:

-Si, siempre estaremos juntos. Siempre.

No llegó esa noche Mohammed, ni al día siguiente, ni al que le siguió. Ahora Malak tenía que ir él solo hasta la granja a cuidar de los animales del dueño americano y de regreso, para llegar tan sólo a tratar de consolar a Mona.

Un día por la noche, creyó soñar que alguien se acercaba y los besaba a Mona y a él en la frente, mientras murmuraba algo como “...ya verán esos judíos...adiós... los quiero... no es su culpa... cuídala... ya verán esos judíos...”. Y cuando por la mañana se lo contó a Mona ella sólo miró al vacío y no respondió. Un par de días después, cuando regresaba de la granja por el camino junto en donde estaba el radio del pueblo, alcanzó a oír lo siguiente:

-...un nuevo atentado en Jerusalén de la yihad, esta vez ha dejado veintiún muertos y siete heridos de gravedad, el responsable kamikaze homicida ha sido identificado proveniente de la población de Al-Tashir, un individuo de nombre Mohammed Abed Al Rhman Hassen...

Cuando Malak oyó las últimas palabras de esto, creyó que el mundo se volvía negro y cayó desvanecido. Cuando despertó estaba en medio de una docena de pueblerinos con caras largas, y recordó lo que había oído mientras se incorporaba y decía a si mismo:

-No, no puede ser cierto, tiene que ser una equivocación. ¿Ya se habrá enterado Mona? Algo sabía ella. Lo obligaron... no, no obligado no, esos guerreros siempre van porque querían ellos hacerlo, porque preferían morir matando judíos que por el hambre o un tanque, porque ya no tenían nada que perder. ¡Pero si él sí tenía que perder! Me tenía a mí, y a Mona. No... no entiendo.-y mientras iba caminando hacia el palacete derrumbado sin darse cuenta.

Cuando llegó Mona estaba en un rincón agachada con los ojos muy abiertos, pero sin una lágrima en ellos. Parecía más vieja todavía que antes y temblaba aunque aún hacía calor. Malak sólo la abrazó y se quedaron dormidos. Al día siguiente Mona lo despertó y le dijo que tenía que irse a la granja, a lo que él respondió:

-No quiero, además no tiene caso ya...
-Malak, por favor ve, que si no vas nos faltará la paga de este mes, y tendremos que volver a mendigar, además tienes que trabajar más porque ahora sí no va a volver...
-¡Ya me voy! Pero no sigas... -y Malak salió corriendo hacia la granja, dejando a la muchacha llorando.

Ese día Malak no pudo trabajar bien y regresó a Al-Tashir un poco antes de lo normal. Se encontró en el pueblo con un paisaje desolador: las pocas ruinas de las casas que había, se habían reducido a escombros humeantes, y había cadáveres, o lo que quedaba de ellos, por aquí y por allá y junto a cada uno de ellos, dos o tres personas rezando.

Primero, no supo qué hacer y se quedó ahí parado, inmóvil ante esta escena, un momento después salió corriendo con un alarido en dirección a su casa. La encontró después de un rato, pues había quedado al nivel del suelo. Y después de otro tanto alcanzó a divisar una mano saliendo de entre las rocas. Cavó como pudo y logró sacar a Mona, que estaba fría como el hielo. Comenzó a llorar desesperadamente y a maldecir a garganta pelada, hasta que se dio cuenta de algo: alguien estaba debajo del cuerpo de su protectora, y aún se movía.

Movió cuidadosamente el cuerpo inerte de Mona y salió de entre los escombros que aún sobraban una pequeña del pueblo que tenía unos diez años. Fátima era su nombre, y sus ojos tenían el color de la caoba. Había sido amiga de Malak por mucho tiempo, desde que los padres de ambos habían muerto.

-Ella me salvó... Mona me salvó... -murmuraba. Malak sólo se contentó con sonreírle y verla con sus ojos hechos agua.
-Y también salvó al viejo Alí... -siguió diciendo Fátima, y señaló a un rincón donde se veía un bulto moviéndose.

Malak se incorporó, fue hasta donde estaba el bulto y vio a un hombre muy viejo y barbudo que le hacía señas para que se acercara a él. Malak se inclinó y acercó su oído a la boca temblorosa del hombre y oyó que éste le decía:

-Mona fue muy valiente, nos trajo a Fátima y a mí aquí. A ella la cubrió con su cuerpo para salvarla de la explosión, y a mí me dejó en este rincón donde pude salvarme. Al dejarme, me dijo que me encargara de que cumplieras tu obligación como musulmán, pero no creo poder vivir para verlo siquiera... Por favor ve a la Meca cómo lo dicta el Corán, y cumple el deseo de Mona, y vuelve para proteger a esta chiquilla que se quedó sin nadie... - Y después se dejó de mover.

Malak regresó con Fátima, la tomó en sus brazos y la llevó hasta donde estaban los demás sobrevivientes del pueblo. Fátima le dijo a Malak:

-¿Te vas a ir?

El chico le miró con sus ojos color ámbar aún llenos de lágrimas y dijo:

-Si.
-¿Para siempre?-preguntó ella, y en sus ojos oscuros también se veían las lágrimas.
-Siempre sólo dura un momento.-y sin decir nada más, Malak salió del pueblo caminando.

Pasaron cinco largos años. En Al-Tashir se reconstruyó un poco de lo que se había destruido, y muchos que vivían ahí huyeron, pues los israelíes seguían aterrorizándolos y muchos seguían yendo a Jerusalén a inmolarse. Pero entre los que se quedaron estaba Fátima, la cual seguía esperando el regreso de Malak. Y éste llegó un día lluvioso, irreconocible, puesto que había crecido casi una cabeza, tenía barba rala, y su piel estaba curtida por el sol del desierto. Y él si reconoció a Fátima. Aunque ella también había crecido hasta convertirse en una mujer, y hasta cierto punto, se parecía en algo a Mona por verse mayor de lo que era. Pero sus ojos aún reflejaban la vida, como dos espejos marrones.

Malak se presentó cuando la vio yendo por agua al pozo, y cuando Fátima descubrió quien era él, cayó en sus brazos, tirando el cántaro. Luego, Malak fue a la plaza del pueblo y empezó a hablar con las siguientes palabras:

-¿Se acuerdan de mí? Soy Malak, el muchacho que se fue a la Meca, y he regresado porque he aprendido muchas cosas nuevas. He regresado para ayudarles.

Los del pueblo votaron por él cuando escogieron quien sería su líder. Y él organizó a la gente de Al-Tashir para que se ayudaran unos a otros a cuidarse. Le enseñó a los pequeños a leer y los pilares del Corán, con la ayuda de Fátima. También ayudó a los hombres a construir mas casas. El pueblo parecía otro. Hasta la gente sonreía más. Y prohibió que salieran otra vez a atacar Jerusalén, pues había aprendido en el Corán, que el musulmán debe defenderse, pero nunca atacar. Pasó un tiempo y Fátima y Malak se casaron.

Un día los hombres del pueblo estaban hartos de no hacer nada contra los judíos por tanto tiempo, e hicieron una reunión para preparar un ataque a la base israelí, y acabar de una vez con ella, a pesar de lo que les decía Malak. Malak se dio cuenta de lo desesperada que era la situación y entró a la reunión y dijo:

- Esto lo aprendí en la Meca, leyendo el Corán: la yihad o guerra santa es intentar servir a Alá con salam, que quiere decir paz. En lugar de que sigamos yendo de Al-Tashir a matarnos a Jerusalén y que los tanques israelíes sigan viniendo, ¿porque no hacer un pacto con ellos, de que ya no iremos a matarlos, si ellos nos dejan en paz?.

Esta idea no les gustó mucho a los hombres, y comenzaron a gritarle traidor, y que se fuera ahora mismo por donde había llegado. Un hombre le gritó más fuerte que los demás:

-¡Siempre hemos odiado a los judíos y siempre los odiaremos!¡Hasta que nos regresen lo que nos quitaron!¡Muerte a los judíos... por siempre!- y lo corearon los demás hombres. Malak tuvo que esperar un rato a que se calmaran, para que pudiera hablar de nuevo con ellos.
-Yo tampoco tengo en mucha estima a los judíos, pero ¿no quisieran librarse de esta guerra para siempre? Esta guerra ha matado a sus padres, a sus hijos e hijas. ¿No quisieran terminarla?- y se sentó. Esta vez, los hombres quedaron mudos, y uno de ellos habló en tono normal:
-Creo que hablo por todos cuando digo esto. La guerra no la queremos, tienes razón, bastante hemos sufrido ya. Pero no queremos arriesgarnos, ¿qué propones?

Malak les contestó:

-Iré yo sólo con el General que manda los tanques, y le hablaré para ver si logro hacer un trato.

Los hombres quedaron en silencio y parecieron quedar satisfechos con esta respuesta, y creyendo que esto significaba que le daban su aprobación, Malak se levantó y se fue rumbo al campamento judío. Mientras tanto, los hombres siguieron callados un rato hasta que uno dijo:

- Que se vaya ese loco, si no regresa en tres días con buenas noticias, atacaremos.

No muy lejos de ahí, Fátima se acababa de enterar de lo que había ocurrido. Y rezó a Alá para que su esposo regresara con vida. En ése momento Malak estaba llegando con las manos en alto a la base israelí. Los soldados primero se sorprendieron y no hicieron nada, pero cuando se acercó más lo reconocieron y lo esposaron. El se dejó llevar por ellos sin poner resistencia. Lo dejaron en una celda que era un bloque de concreto. Una grieta por encima de la puerta era por donde pasaba la única luz. No le dieron nada más que agua durante dos días.

Antes de que amaneciera el tercer día, Malak oyó que abrían la puerta y un hombre gordo y con muchas estrellas en su uniforme entró y le dijo:

-¿Qué viniste a hacer aquí, árabe? Tengo entendido que eres el líder de Al-Tashir y pues últimamente los has mantenido bastante calmados. Así que sólo por eso te dejo hablar. Yo soy el encargado de éste lugar. Me puedes llamar General Salomón.-y se sentó en un banco que había traído. Malak se incorporó, y penetrando al general con su mirada le dijo:
-Vine porque mi gente se muere de hambre, o porque llegan con tanques a matarla. ¿General Salomón, no quiere tener la paz para siempre?¿No quiere que sus hijos allá en Jerusalén, puedan salir a la calle sin miedo?-e inmóvil esperó la respuesta del General.
-Por supuesto que sí, pero es por ustedes los suicidas locos, que hemos llegado a esto.
-Eso mismo vengo a decirle, General. Prometo en nombre de mi gente que no mandaremos más kamikazes si nos dejan gobernarnos en paz. Es todo.- y lo miró de nuevo a los ojos. Mientras tanto, en Al-Tashir Fátima trataba de calmar a los hombres, gimiendo y gritándoles:
-¡Esperen un día más por Alá! ¡Confíen en mi esposo que tanto les ha enseñado!- pero al parecer nadie la oía.

Era como si ella no estuviera ahí. Empezó a jalar y a golpear a los hombres hasta que uno le disparó y le atravesó el pecho. Siguió dando alaridos por un buen rato hasta que por fin se dio por vencida y gritó:

-¡Siempre te amé Malak!-aunque supo que no la podría oír nunca más, y murió.

En la celda de concreto el General respiró y dijo:

-¿Para siempre?- y justo en eso se oyeron los gritos de guerra de los hombres de Al-Tashir, que atacaban a diestra y siniestra del campamento en ése mismo instante. El General miró con desaprobación a Malak. Malak cerró los ojos y mientras las balas de la pistola del General entraban en su cuerpo, pensaba:

-Pero si siempre, es sólo un momento.

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