29.4.06

“SuperCola”, la mejor camisa para ligar

Se rió. No mejor dicho se carcajeó. Yo le había pedido su teléfono, y presentí que después de que se le acabara la risa me lo daría. Pero no. Tan pronto recobró la seriedad, la niña se fue. Estuve todo un minuto pensando que habría pasado. O atrás de mí había un payaso (aunque me daba miedo voltear a revisar), o se me había quedado brócoli en los dientes, o ella sufría de una enfermedad en la que sólo se puede comunicar riéndose… Pero tenía que haber una razón por la cuál no me había dado su teléfono.

Volteé a buscar al payaso, pero sólo me vi con mi camiseta de “SuperCola” reflejado en el aparador de ropa. Vaya que era una tienda cara la que estaba a mis espaldas. Me asomé por el vidrio y vi a la pequeña risueña. Llevaba en sus manos un montón de tiliches: cinturones anchísimos, minifaldas cortísimas, bolsitas, sombreritos, camisetitas y sandalias. Eran muchas cosas, pero no creo que taparan más todas juntas que mi camisa de “SuperCola”.

Vi cuanto pagó. Bastante más de lo que pagaría yo por mi camisa. Olviden la camisa, mucho más que todo lo que llevaba yo puesto (incluyendo mis plantillas ortopédicas). Y fue cuando me di cuenta. Mi camisa de “SuperCola” había sido el motivo de su diversión. No creo que ella hubiera malpensado lo que decía mi camisa, sino que se imaginó lo que valía mi camisa. Fue entonces cuando me enojé.

¿Por qué había creído que yo era poco interesante sólo por mi camisa? Es más, ¿por qué no sería yo aún más interesante por la camisa que llevaba? Nadie sabe qué es la “SuperCola”, y muy poca gente la ha probado. Yo podía ser el inventor de la “SuperCola”, y ella me había rechazado sólo por cómo iba vestido. Tenía que hacer algo al respecto.

Entré a la tienda y observé que la chamaca aún seguía escogiendo cosillas. Me iba a dirigir directo hacia ella, pero tuve una mejor idea. De todos los suéteres de los que ella tomaba dos, yo agarraba tres. Por cada 6 pares de zapatos que la niña se llevaba, yo tomaba el doble. Al final, yo tenía un montón de cosas casi de mi tamaño y ella uno de casi igual dimensiones. Los gerentes de la tienda se veían entusiasmados.

Ella pagó primero. Bueno, intentó pagar primero. Ninguna de sus tarjetas, de las 4 que sacó, pasaron. Llegó mi turno. Ella esperó al lado de la caja y me reconoció (o reconoció mi camisa de “SuperCola”). Pero esta vez no se rió. Yo no llevaba ni tarjeta, ni cartera, ni idea de qué hacer. “Póngalo a mi cuenta”, es lo único que se me ocurrió. “Pero joven, usted no tiene cuenta aquí”, me dijo la cajera. La niña comenzaba a sonreír de nuevo. “¿Qué? ¿Cómo de que no tengo cuenta?, ¿sabe quién soy yo?”, la risa ahora iba a darme a mí. “No señor, no sé quién es usted”. “Soy Juan Cola, el inventor y propietario de SuperCola, no se haga. Es más, si no tengo cuenta, abro una ahora mismo”.

Se la creyó. En un segundo corrió a la bodega por no-sé-que formas y no-sé-que tarjetas. Mientras tanto yo estaba volteando a ver a la jovencita, que parecía que iba a llorar. Le pedí otra vez su teléfono. Ella se quedó callada y me volteó a ver la camisa. No oí ninguna carcajada. Me lo dio con una sonrisa en la boca, no de burla, sino de alegría. Me preguntó que si en serio le iba a hablar. “No, en realidad sólo quería saber cuántas líneas tenías”, le contesté. Esta vez recibí una cachetada. Merecida, por supuesto. Pero el que reía ahora, era yo.

Los de la tienda de ropa me perdonaron la broma. Sólo tuve que ayudarlos a acomodar de nuevo todos los artículos, incluyendo los de la niña golpeadora. Hablando de ella, hace unos días la vi en un supermercado con una camisa de “SuperCola”. Y es curioso, es lo que ahora yo llevo puesto a todas partes para conocer gente, así me doy cuenta si me ven a mí, o a la camisa de “SuperCola”. Así sé a quién vale la pena conocer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario