3.4.06

La generación del fango

Miriam y Miguel viven en la ribera del río que divide a México de Guatemala. Literalmente. Un techo medio destruido de lo que fue un puesto de comida es lo que les sirve de resguardo junto a la corriente a los dos niños. Su casa, como muchas en Ciudad Hidalgo, Chiapas, se encuentran ahora en pedazos flotando en algún lugar del mar gracias al azote del huracán Stan.

La imagen es desoladora. El río roza aún algunas de las casas que no se logró llevar. Tierra adentro, hay casi diez cuadras de casas con 50 centímetros de lodo o más. Las calles parecen inexistentes. Sólo se ven casas alrededor de montículos de tierra que la gente ha ido sacando de sus hogares.

“Mis papás se fueron a Guatemala y no han regresado desde hace dos semanas”, Miriam, la mayor de once años, me comenta. No tienen ningún lugar a donde ir. Ni familia ni amigos. Todos están ahora en albergues o montaña arriba. Algunos pocos han decidido quedarse, porque no tienen otra opción. Este es el caso de Miriam y Miguel.

Miguel trae una chancla con un calcetín. Se los quita y me muestra una cortada profunda en su tobillo. “Me la hice jugando con mis nuevos juguetes”, y se ríe. Corre a su “nueva casa” y me enseña sus nuevos “juguetes”: una parte de bicicleta, una tapa de una botella, un disco compacto sucio y lo que fue alguna vez un monedero de mujer. El orgullo de Miguel se ve en sus ojos al mostrarme sus tesoros que encontró enterrados.

Les pregunté de su escuela. Primero estuvo inundada y ahora es un centro de acopio. Que cuándo regresarían. Que a lo mejor cuando llegaran sus papás. Un momento, ya ni siquiera los temas escolares me parecen importantes en esta situación: ¿qué están comiendo? “Pues, lo que encontremos flotando…”, me dice Gerardo señalando al río.

Allá donde se pasa a Guatemala por quince pesos en balsa, por primera vez me fijo en pequeños puntos negros en la corriente. Son cabezas humanas diminutas. Me acerco con mis dos pequeños guías y Miriam le grita a uno de los puntos que se acerca a donde estamos. Tendrá unos seis o siete años. Con la cabeza en alto y completamente desnudo sale con dos bolsas de papas fritas entre los dedos. Se para en frente de mi y abre una de las bolsas, mira su contenido y comienza a devorárselo.

¿Pero cómo encontraste eso? Que se cuando se desbordó río arriba pasó por un mercado el agua y todas las cosas de las tiendas están por ahí, entre la corriente. Le pedí las otra bolsa de papas para verla. La fecha de caducidad está vigente aún. La abro y me llega un olor a desagüe tan fétido que me cierra la garganta. Por respeto a los pequeños ojos que me miran procuro no hacer muecas. ¿Cómo podían seguir vivos después de casi un mes de comer eso?

Sentí la necesidad urgente de ayudarlos. De sacarlos de ahí. De darles de comer, de bañarlos, de ponerles ropa limpia, de llevarlos a la escuela. Era algo que mi instinto de supervivencia me dictaba que debía hacer por ellos. De pronto, con forme fueron emergiendo los demás niños que habían estado pescando comida chatarra putrefacta, me di cuenta de su elevado número. Veintitrés. Todos ellos niños del fango, sin nada material, y eso sólo en esta parte de la colonia, en este pueblo de Chiapas y de este lado del río. Comencé a pensar cuántos niños no seguirían así o peor en el resto de los lugares a los que aún no había ido. Deben de ser miles, por lo menos. No podía sacarlos a todos. Empecé a darme cuenta que el problema era más grande que mi capacidad. No podía prometerles nada, ¿cómo era yo, un simple joven de veinte años, la ayuda que necesitaban?

Ellos crecerán en los lodazales, comerán en los lodazales, jugarán en los lodazales y aprenderán de la vida en los lodazales. Un odio hacia nosotros como humanidad comenzó a subir por mi nuca. Es que, ¿cómo es que permitimos esas cosas? El enojo no me sirvió para encontrar una solución, pero sí para empezar a buscarla. Pensé en organizaciones. El gobierno está ocupado reconstruyendo carreteras, el ejército dando despensas, las fundaciones e iglesias repartiéndolas o haciéndolas. Y caí en la cuenta de que no había pensado en la organización más antigua de la historia.

Toqué todas las puertas del lodazal que colinda con el río. En muchas no me contestaron, en otras tantas me dijeron que, como podía ver, estaban muy ocupados con sus problemas, pero en algunas sí les abrieron la puerta de la ayuda a los niños. Una docena de vecinos aceptaron hospedarlos por un buen rato y otros a llevar a los demás al albergue más cercano.

Lo impresionante es que muchos de los vecinos no sabían de los niños. Aunque estaban frente a ellos todo el tiempo. La sociedad a veces es bien bruta. Pero cuando se une es lo más sólido que puede haber. Ni veinte huracanes pueden con ella. A pesar de que sus casas podían llamarse pantanos, habían accedido a ayudar a Miriam, a Miguel y a los demás niños.

Cuando comencé la retirada llegó una sola pregunta a mi mente: ¿qué estoy haciendo por el niño del fango que está frente a mi, todos los días? Y no necesariamente tiene fango lodoso, puede tener un fango emocional, intelectual, económico. Todos a nuestro alrededor, a veces están más necesitados y fangosos de lo que creemos. Y no nos damos cuenta.

Sólo hay que abrir los ojos y unirnos a combatir. Es la única manera de que los desastres no afecten a más personas cada vez que azoten: velar por el que está enfrente de ti. Así en algún momento la generación del fango no existirá en ningún país, estado, colonia o casa.

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