4.2.04

En la Puerta

“A ver cuéntame cómo sucedió, quiero saber tu versión”, preguntó Pedro a Raúl.

“Iba caminando por uno de esos barrios que parecen salidos de Beverly Hills. Las enormes casas sin reja alguna, los coches del año estacionados fuera de ellos, mujeres paseando perros, hombres corriendo en pants, niños andando en bicicleta… Parecía un pequeño cielo para nosotros los pobres, perdón, los miserables.”

“Estaba totalemente fuera de lugar con mi atuendo. Aunque en realidad no tenía muchas opciones de dónde escoger. Llevaba la camisa negra que me regalaron los vendedores de llantas para mi taller (cuando todavía tenía taller) pero que parecía más un chaleco roto, unos jeans casi nuevos que me había encontrado en mi nuevo hogar, un tiradero municipal. En los pies calzaba mis tenis de (literalmente) toda la vida, que ahora eran más unos huaraches que otra cosa. Y mi cabeza, toda llena de grasa y sebo adheridos en algún día remoto a mi cabellera, gracias a que no había llovido en semanas. No es que me viera mal, es decir, me he llegado a ver peor, pero la gente se me quedaba viendo como si fuera un monstruo: algunos con lástima, otros con miedo. Parecía como si no estuviera ahí, pero si estaba. Me sentía como un espectro.”

“Esto me hizo recordar a lo que había venido. Mi estómago crujía como tablas apolilladas. No había probado bocado en una semana, a excepción de algunos restos de manzana color café que había guardado para alguna emergencia. Ultimamente vivía en emergencia: la policía nos quería desalojar del tiradero. ¿A dónde? Quién sabe. Pero teníamos que estar constantemente huyendo, y eso no me daba tiempo para encontrar algo comestible. Tenía mucha hambre, y a mis 60 años, tener tanta hambre no es un incentivo para seguir vivo. Por eso había venido aquí, para poder tomar algo de lo que les sobra a algunas personas y desechan.”

“Mi intención no era otra que esperar a que sacaran a mi amiga, la basura, para esculcarla en busca de alimento. Vi, para mi buena suerte, cómo una mujer sacaba sus bolsas negras a la calle y se metía a su casa. Me acerqué a ellas y empecé mi tarea de encontrar comida. Traté de que no me oyeran o me vieran, pero como no encontraba nada comencé a desesperarme y la discresión la dejé para otro momento. Ahora pienso que tal vez me veía muy demente.”

“Al fin encontré una rebanada de pan mordida con algo así como mermelada. Quise dar un grito de emoción, pero mejor me callé. Tampoco quería llamar tanto la atención. Llevé el pan a mi boca. No sabía mal. Aunque en realidad, con tanta hambre, cualquier cosa sabía bien. Lo digo por experiencia. La comencé a devorar como loco. Sentí como toda la “mermelada” me manchaba los cachetes y la nariz. Y levanté mi cabeza.”

“Fue entonces cuando lo vi. Por la ventana de la casa de la que habían sacado la basura, estaba un hombre de cuarenta años metiendo cosas a una maleta. Era él. No había cambiado nada, a excepción de que tenía una barriga y pelo entrecano. Pero aún seguía con esos ojos inexpresivos y el sucio bigote negro. Éste era el maldito avaro, aquél que me había quitado mi taller mecánico. El causante de que mi esposa me dejara al no tener qué comer.”

“No es que no me haya esforzado por seguir adelante, pero el taller era mi vida y todo lo que sabía hacer. Todo centavo ganado iba para la casa o para el taller. Y todo se fue cuando me lo quitó. El hombre que me había arrebatado todo lo que alguna vez hubiera tenido estaba en una mansión a escasos metros de mí. De los 60 años que yo tenía, 20 los había sufrido port culpa de ese infeliz que podía alcanzar a tiro de piedra. Todavía recordaba cómo me había dicho que sólo me podía dar 3,000 pesos por todo, cómo me había obligado a aceptarlo…”

“Lo que sentí fue que las tablas de mi estómago se serruchaban. No sé si era odio. En eso volteó y me vió con sus ojos muertos. Salí corriendo. Cobardemente me había portado, pero no podía dejar que me viera en ése estado. No por ahora.”

“Tardé mucho en llegar a mi casa, porque al ir corriendo, no me fijé que no iba por el camino corto y tuve que dar un buen rodeo. Cuando llegué al basurero, ya era de noche. Me puse a maquinar un plan de cómo recuperar algo de lo que alguna vez había sido mío. El hambre se había esfumado por otro sentimiento peor. Podía oir claramente en mi hígado los pequeños canales casi secos con un poco de jugos pasando. Era una sensación física y mental. Tenía la imagen de aquél diablo en mi mente, pero sentía en mi cuerpo lo que me había estado carcomiendo por más de dos décadas. Era terrible.”

“Al día siguiente, el barrio estaba aún más tranquilo que la vez pasada. Nadie en las calles, extraña pero perfectamente. Me acerqué a su casa y ví que no había coches. Más perfecto aún. Rompí el vidrio de la puerta y la abrí. Empecé a recorrer los cuartos viendo toda la riqueza que aquél maldito había acumulado.”

“Si lo viera… pero de pronto lo oí. Estaba arriba, algo se había caído y los pasos rápidos sonaron por el piso sobre mi cabeza. Corrí arriba, bueno, corrí lo más que pude con mis 60 años. Tres cuartos ví. El primero lleno de juguetes, pero nadie vivo. Podía oír su respiración fuertemente. Me las iba a pagar. La segunda recámara no lo era, era un baño, y vacío también. Podía escuchar sus latidos lentamente. Lo iba a encontrar, sabía que estaba cerca.”

“El tercer cuarto tenía un armario grande, y supe que ahí estaba ése, el que ahora era el cobarde. No supe si grité o no, puesto que mi mente estaba muy alocada, pero me avalancé sobre las puertas. “

“Al abrirlas, me fallaron las piernas y caí. Supongo que fue la emoción. A los 60 años no se puede uno dar el lujo de emocionarse, y menos al haber sólo comido un pan mugroso en una semana. Al caer pensé que no valía la pena matar a nadie. Me arrepentí de haber sentido tanto odio. Sentí en el suelo que me golpeaba algo en la nuca y ya no sentí más. Y eso fue todo.”, fue la larga contestación de Raúl.

“¿Quieres decir que ya no viste a la mujer salir? Una con una máscara de aguacate. Porque según oí estuvo muy asustada, y eso sería un mérito bastante malo para dejarte pasar.”, le dijo Pedro, delante de la reja que aún permanecía cerrada.

“No, en serio, no sé de qué mujer me hablan. No llegué a ver nada. Tan pronto como abrí la puerta, caí muerto. Tal vez quise hacer algo malo, pero ya sabes que me arrepenti antes de morir.”, dijo Raúl impacientándose de que no lo dejaban pasar.

“Bueno supongo que estás diciendo la verdad, pasa por favor. Bienvenido.”, fue lo que contestó Pedro.

Y así fue cómo Raúl entró al cielo.

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