2.11.03

Una Boda Por Favor, Express y Cargada

Por lo menos una vez en la vida hay que hacerlo. Y esperemos que sea sólo una. Casarse debe ser uno de los mejores momentos en la existencia del ser humano. Pero, no siempre lo es.

Chícharo iba caminando por la banqueta plagada de gente hacia su casa despues del trabajo. Como de costumbre, prefería ver el suelo a encontrarse cara a cara con ése río de rostros casi inmóviles que lo único que hacían era fruncir el ceño, y sólo al darse cuenta de que alguien las miraba. No es que esto le diera miedo a Chícharo, pero él sabía que por más que intentara sonreir, las caras lo verían igual de feo. Entonces ,¿pára que ver más allá del suelo?.

Si, además de todo, es muy divertido ir contando las baldosas de la banqueta: una baldosa, dos baldosas, tres baldosas, una bolsa, cuatro baldo… ¿una bolsa?.

Rápidamente Chícharo regresa sus pasos, tropieza con la gente, se oyen mil perdones, un niño llora, se oyen dos mil referencias a la mamá de Chícharo, mismo que apenas logra agacharse y tomar la bolsa, entre los gritos de propietarios de los pies cercanos.

¿A quién se le cae un bolsa de semejante tamaño? Ni que fuera la de valores. Además éste rojo seguro brilla en la oscuridad. ¿Quién será la dueña? ¿O el dueño…?

Chícharo llega a su casa, deja su saco en el perchero, al igual que la bolsa. Comienza la rutina diaria que todo hombre soltero efectúa al llegar a su guarida: un zapato por aquí, otro por allá, una visita al santo Itario, y la caída libre al sillón de la sala. Enciende la tele.

No hay nada como de costumbre en este canal, en éste tampoco, vaya en éste está el documental de la Muerte de Francisco Stanley, en éste otro anuncian el nuevo celular. Vaya que ése sonido “surround” que le pones a la tele funciona, hasta se oye el sonido desde la puerta. Más bien se oye desde el perchero, donde está el saco y…¡La bolsa!

Rápidamente se levanta y corre hacia la bolsa, la abre y contesta.

-¿Bueno?

-¿Cómo se sabe mi apellido?-, le contesta una voz femenina.

-¿Perdón?

-Sí, ¿cómo es que sabes que mi apellido es Bueno? ¿Estuviste husmeando la bolsa verdad?

-No, para nada.

-¡Ay que tontín! Era un chistesín que le hago a mis clientes nuevos.-, y se ríe.

-¿Cómo que clientes nuevos?

-Sí, clientes como tú. ¿Estás casado?

-No.

-¿Ves? Tengo olfato de empresaria exitosa.

-Ahh, bueno… ¿Quiere que le regrese su bolsa?

-A ver señorito, no cambies de tema, estábamos hablando de ti. ¿Cuándo estás libre?

-Pues, si gusta ahora mismo puedo…

-No, no, no, no. ¿Por qué quieres todo tan apresurado? Primero tenemos que ver el lugar, que juez está disponible…

-¿Todo eso para entregar una mugre bolsa? ¿Qué está loca?

-¿Entregar una bolsa? Ahh, mi bolsa, sí. Yo hablaba de casarte.

-¿Casarme? ¿Con usted? Perdón que le haya dicho loca antes, quería decir demente.

-¡Qué groserito! Pero a ve, entiende tres cosas: sí hablo de casarte, no es conmigo, y no estoy loca, a eso me dedico. A casar gente.

-A casar gente… ¿Cómo sacerdote o juez?

-No, no, no, no. A casarlos completamente, desde el anillo de compromiso, hasta la fiesta.

-Y, ¿yo soy su próximo cliente? Lo siento mucho pero escogió al hombre equivocado, soy muy feliz de soltero y no lo cambiaría por nada del mundo?

-Y dime, ¿no sientes ése vacío cuando llegas a casa y no hay nadie para recibirte? ¿no te invade esa soledad en las eternas noches de vigilia frente de la televisión sin nada más que hacer? ¿o la necesidad de contarle a alguien al final del día lo que ocurrió en tu mañana?

Chícharo al oír esto se desploma en el sillón. La señorita no había dado en el clavo, sino en el pulgar, y había dado muy fuerte. Las gotas de agua ruedan por las mejillas de Chícharo. ¡Cómo duele estar solo! Pero duele más que te lo digan.

Chícharo pregunta cuándo sería la primera cita. Mañana mismo. Chícharo pregunta que tiene que llevar. Sólo la disposición. Chícharo da su nombre y pregunta el de su torturadora. Que chistosín, es Afrodina el nombre. Chícharo se despide entre sollozos.

-No olvides la bolsa Chicharín.

Chícharo odia que le digan Chicharín.

Al día siguiente Chícharo sale hacia ae lugar dónde vería a Afrodina. Camina cabizbajo como de costumbre, aunque ésta vez es por su estado de ánimo. Si volteara la cabeza hacia arriba vería esta vez muchas sonrisas, aunque la mayoría son burlonas, puesto que lleva colgando del brazo, la enorme bolsa roja.

Llega al café y encuentraa Afrodina charlando divertidamente con una sola chica, pero que chica. Seguramente no llega al 1.30 de estatura, realmente está chica. Aunque no está nada mal.

Afrodina invita a Chícharo a sentarse a su lado, los presenta como Chícharo y Hadita. Le da a Chícharo las gracias por haber traído su bolsa y le da un paquetito. Chícharo lo intenta abrir, pero el “No, no, no, no” de Afrodina lo detiene. Afrodina le dice que tiene que hincarse primero al lado de Hadita. Hadita ríe con una risa tán minúscula como su persona. Chícharo pone la rodilla en el suelo y abre el paquete. Encuentra un papel en el que está escrito: “Di: ¿Quieres ser mi esposa?” . Obviamente también encuentra un anillo. Como era de esperarse, le propone a Hadita matrimonio y, como era de esperarse, ella acepta con otra diminuta carcajada. Antes de que Chícharo se incorpore, una pareja mayor se levanta detrás de él. Afrodina le grita a Chícharo que se voltee, que lo están esperando. Chícharo se da la vuelta y encuentra a la sonriente pareja diminuta, ambos en la plenitud de la tercera edad, ambos idénticos a Hadita. Afrodina se levanta y le susurra al oído a Chícharo que la está haciendo quedar mal, que se apure. Chícharo no entiende y se encoje de hombros. Afrodina le vocifera que si no sabe lo que es pedir la mano de la novia a los futuros suegros. Chícharo no se hace del rogar y sigue las instrucciones.

Abrazos y besos y felicitaciones por doquier. Pero todas ellas más rápidas que los pensamientos de Chícharo, y más cortas que esta frase.

-¡Síganme!-, les grita Afrodina, la cuál ya iba rumbo a la esquina de la cuadra.

Chícharo, Hadita y sus pequeños papás, avanzaron rápidamente por cuatro cuadras, siempre guiados por el ojo de Chícharo, el único que podía llegar a vislumbrar la cabeza inquieta de Afrodina. La vieron entrar a un establecimiento a la mitad de la avenida, se encogieron de hombros, y pasaron por la puerta.

Era un cuarto de lo más simple: un escritorio con seis hojas cuando mucho y tres plumas, una silla detrás de éste, paredes y techo blanco, que contrastaban con las dos únicas puertas negras, una era por la que entraron y otra estaba frente a ellos. Sólo estaba iluminado por un foco solitario, que irradiaba la suficiente luz como para enseñar el poco espacio que existía entre ésas cuatro paredes, por lo cual estaban los cinco muy apretujados, y eso que tres de ellos no eran de tamaño natural.

La puerta frente a ellos se abrió y la figura de un enorme hombre corpulento avanzó hacia ellos. Hacía un extraño ruido al respirar y con su enorme cuerpo aún parecía más pequeño el cuartucho.

-El Juez de lo Civil, el Sr. Atlas, es mudo, pero muy eficiente-, susurró Afrodina al oído de el impresionado Chícharo. Y efectivamente, el Sr. Atlas ya tenía preparados todos los trámites, sólo hacía falta firmar.

Una pluma pasa de mano en mano hasta llegar a la de Chícharo, que la presiona contra el papel, pero al hacer el garabato de su rúbrica no aparece nada en la hoja. Intenta de nuevo, nada. Comienza a desesperarse por el calor del pequeño cuarto y el estar tan pegado con todas ésas personas tan extrañas. Oye que la respiración del gigante Sr. Atlas se altera, al menos hay alguien más nervioso. La pluma sigue sin servir. Ya la frotó, calentó, raspó y meneó, pero ni una gota de tinta sale de ella. Chícharo siente diez pares de ojos sobre su persona, y recurre a la técnica que aprendió en la secundaria para arreglar plumas. Comienza a soplar por donde la tinta sale, fuerte, muy fuerte. Chícharo se pone rojo, morado, verde, sigue soplando y…

-¡Prrrrrrrrrt!

Tenía que pasar. Todo mundo se lleva la mano a la nariz. El Sr. Atlas comienza a toser. La pluma por lo menos comenzó a pintar, y tanto Hadita, sus padres los testigos y el apenado Chícharo han podido firmar y hacer válida la unión matrimonial ante la ley.

-Vámonos ya que aquí ya no aguanto estaren éste ambiente-, dice Afrodina haciéndo ojos de pistola a Chícharo.-pero antes a vestirse de una vez, a ver ven Hadita vamos tu pasa con tu mami al cuarto de al lado. Si, gracias Sr. Atlas, como siempre usted todo un caballero, nos vemos al ratín. A ver tú, hombrecillo sin decencia… Pues claro que tú Chicharín, ¿quién más? A ver, ponte este smoking que traje especialmente para ti, vas a quedar chulísimo. No te preocupes, el papá de Hadita te ayudará con el corbatín. Calma yo me voy a tapar los ojos, en serio. Ya no estoy viendo nada, pero apúrense que me harto de estar así. ¿Ya? ¿Qué no pueden tardarse más? Ok, entonces ¿ya puedo abrirlos? ¿Estás seguro? Aquí voy, a la de una, a las de dos y a las de tres… ¡Guau! Sí hasta lo flatulento te quitó, ¿verdad Chicharín? ¿Usted que opina de su futuro yerno? ¿Le costó trabajo haerle el nudo del corbatín? Ah, sí, sólo para alcanzarle el cuello. Supongo que se subió en la silla. Oigan, ya viene Hadita y su mamita, será mejor que te pongas este antifaz, no vaya a ser que veas el vestido de la novia. No, no, no, no. Nada de que te mareas, ya sabes que es de mala suerte si lo ves. Vamos yo te ayudo a guiarte Chicharrín, no te asustes.¡Taxi! ¡Taxi¡ ¡Súbete! ¿Qué esperas? Ahí te voy ¿eh? ¿Ya están todos listos? A la Iglesia del San Güichito, porfa. Y rápido. Que linda quedaste Hadita, ¿ya ves como ése vestido sí te venía bien? No, no, no, no. Nada de quitarse el antifaz Chicharín, aguantate un poquito, no importa que estés tan mareado, no es para tanto. No pero en serio Hadita, muy linda te ves. ¿Usted que opina señora? ¿Verdad que está guapísima? Si también el novio, lo sé, por eso escogí a Chicharín para ustedes, siempre tan tierno, bueno y elegante… ¡¿Pero que haces Chicharín?!-

¿A quién se le ocurre vomitar en el día de su boda, encima de su smoking? Sólo a Chícharo, que entre la conversación, el no poder ver, y los nervios, acabó por enseñar que había desayunado, en una forma tan gráfica…

Bajaron del coche. Se oyó cómo Afrodina le decía al conductor que no tardarían, que esperara un poco. Chícharo iba limpiándose con un pañuelo de su futura suegra, que era de un tamaño muy insignificante. Además no le servía más que para embarrarse aún más, puesto que seguía teniendo el antifaz bien colocado sobre sus ojos. A su lado, guiándolo y regañándolo iba Afrodina, que cada dos pasos volteaba a sonreirles a los padres de Hadita, que con caras casi sombrías ayudaban a ésta última a caminar con el vestido, que no era de su pequeña talla, por supuesto.

Chícharo sintió que lo deslumbraban. Afrodina le había arrancado de un tirón el antifaz. Cuando los ojos del novio católico, y esposo mexicano, se acostumbraron a la luz, logró percibir en dónde estaba. No se podría decir que era una capilla, pero tampoco se podía decir que era una iglesia.

Adornada con unas pocas flores, que recién las había puesto Afrodina, el “templito” , como pensó Chícharo que le denominaría a la construcción, estaba desierto. Bancas rotas por aquí, pintura descarapelada por allá, un Cristo de metal doblado en el altar. Hadita no se veía por ninguna parte. La escena pintaba bastante deplorable, pero no peor que su smoking manchado de color naranja.

Afrodina encendió una grabadora con la “Marcha Nupcial”, la cuál no se oía del todo bien, pero se entendía. Un cura bastante risueño, entró por una puerta lateral y, haciendo un saludo con la cabeza a Afrodina, pasó al centro de la Iglesia. Hadita y su padre entraron casi corriendo a la Iglesia, y Chícharo tuvo que ahogar una risotada al ver cómo le quedaba el vestido blanco a su futura esposa. Hadita llegó al lado de él, y le sonrió tímidamente. El padre comenzó la celebración con una sonrisa de oreja a oreja.

-En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo…-, y así continuó la misa rápidamente, hasta que llegó el momento de comenzar el rito del matrimonio. Preguntó, casi riéndose entre dientes, si tenían los demás sacramentos, si tenían idea de que era el matrimonio, si le iban a pagar después de esto…

Todas las preguntas parecieron ser satisfactorias, puesto que el sacerdote soltó una carcajada digna de una hiena y prosigió la celebración.

El lazo, las arras, el beso… El padre pregonaba lo que seguía como si fuera un juego de lotería, aunque no se sabía si lo hacía a propósito o no. El lazo quedó muy grande, por el tamaño de la novia, y casi la ahorca Afrodina cuando le dio dos vueltas. Las arras no parecían del todo metálicas, pero hacían bien la finta. El beso, fue de lo más ridículo. Hadita casi cae al brincar, en su intento de llegar a la boca del ya muy agachado Chícharo, pero no pasó a mayores. Para alivio de Chícharo, el cura terminó la misa sin otro chiste.

Lo peor, si se puede decir así, vino en éste preciso momento. Arroz a toda velocidad y con mucha potencia fue dirigido hacia ambos esposos proveniente de las manos de Afrodina, que al parecer, se encontraba enojada por no haber roto la marca de rapidez oficial.

Otra vez abrazos, besos y felicitaciones apresuradas por todos lados. El cura no paraba de reir y Afrodina de apurarlos. Los padres de Hadita estaban muy contentos, o al menos eso parecía.

Salieron más rápido de lo que entraron, ya que iban propulsados esta vez por Afrodina. Ya estando afuera, Hadita aventó el ramo que había agarrado del interior de la iglesia, y éste lo cachó la mismísima Afrodina. Chícharo le quitó la liga flotante a la piernita de Hadita y ésta fue cachada por el nuevo suiegro, que recibió una mirada fulminante de su esposa diminuta, y una mirada coqueta de la casamentera express. Comieron, o mejor dicho tragaron los emparedados que sacó Afrodina de su bolsa roja, y fue entonces cuando Chícharo entendió el porqué del gran tamaño del bolso. Afrodina le pegó un moño blanco, casi gris por el uso, al taxi que seguía esperando. Subió a empujones y patadas a Chícharo y Hadita y le ordenó al chofer, el cuál se encontraba muy extrañado, que los llevara al Motel “éfono Público”.

-Espero que ahí ya no tengan que necesitar de mi ayuda-. Y acto seguido cerró la puerta y el coche aceleró.

Chícharo miró tierna y sorprendidamente a su esposa, quién le había tomado la mano nerviosamente. El esposo se dio cuenta que no sabía el apellido de su esposa.

-¿Te llamas Hada?-, dijo él, y ella asintió con una sonrisita. El chofer echó una mirada estupefacta hacia atrás.

-¿Hada qué?-, dijo él sin tomar en cuenta al conductor.

-Depiterpan es mi apellido-, dijo ella, y sonrió una vez más. -¿Y tú eres…?-

-César… César Costa-

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