22.8.11

La Eutanasia falsa y la verdadera

Según la Real Academia Española de la Lengua, tiene la siguiente definición: “Acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él.”

Nótese que está señalado “desahuciados”. Esto es (nuevamente según la RAE) “Admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación”. Por lo tanto, podemos decir que sólo si alguien está enfermo, incurable, y se le va a evitar sufrimientos, se le da una buena muerte (una eutanasia). Cualquier omisión de estos términos es colaborar en un suicidio o asesinar.

Por lo tanto, encontramos dos tipos de eutanasia, debido al mal uso y lo viciado hoy en día del término.

El primero es la eutanasia artificial. Ésta es la interrupción de la vida. De alguna manera, un agente externo llega a cortar una vida que podía bien seguir sin dificultades. Por ejemplo, una persona de 65 años, que tiene los problemas normales de la vejez del siglo XXI (pérdida de memoria, osteoporosis, problemas de las articulaciones, etc.) y que está “cansado” de vivir. Pero su sufrimiento no es tan grande, sólo su ánimo y sus ganas están caídos. Fácilmente puede seguir con su vida si lo deseara. Decide por lo tanto pedirle a alguien que lo ayude a terminar esto y le es inyectada la solución mortal o dado a tomar una pastilla mortífera. Se interrumpe por lo tanto el proceso de una vida que se podía sostener por sí sola. Ergo, se “quita la vida” (definición de asesinato). Estos casos no están ni enfermos, ni incurables, sólo faltos de ganas de vivir (¿y es razón suficiente para acabar una vida?). Por lo tanto no son "desahuciados", no es una eutanasia por definición, aunque, repito, la sociedad ha viciado el término y se tome como tal.

El segundo tipo es la eutanasia natural. Ésta se da cuando la vida de una persona ya no se puede sostener por sus medios propios (físicos y biológicos) y por medios externos se le está intentando continuar. Es cuando se le quitan estos externos cuando se da la eutanasia. Por ejemplo, un hombre de 86 años que tiene cáncer de pulmón, está enfermo de los riñones y tiene esclerosis múltiple y le falla el corazón. Los tratamientos de este hombre (quimioterapia, diálisis, medicamentos especiales y transplantes) son extremadamente caros, además de que son aún más dolorosos. Por lo tanto, se le dejan de dar estos medios externos y el cuerpo simplemente deja de funcionar. No se está interrumpiendo nada, se está dejando continuar al proceso natural y normal de la vida de un hombre, cuando debe de acabar.

Hay cuestiones que se deben de revisar para dejar que ocurra una eutanasia natural:

1) ¿El costo-beneficio del o de los tratamientos, operaciones y medicinas es lo suficiente? En otras palabras, ¿cuántos días, meses o años le quedarían de vida sin el medio externo? (No es lo mismo negar una quimioterapia a un hombre de 97 años que a un niño de 8).
2) ¿Cómo quedará físicamente y biológicamente después de utilizar el medio externo? ¿Podrá llevar una vida digna?
3) Y lo más importante: ¿Sufrirá más con el tratamiento, medicina u operación que con la mismísima enfermedad que sufre?

Hay que recordar que el hombre se ha alargado su tiempo de vida, duplicando los años que vivíamos en la antigüedad. Es por ello que no es sano alargar de más algo que ya se extingue, al igual que no lo es cortar con algo que puede seguir adelante.

19.8.11

Cuento express

Y él salió de su casa como todos los días. Ésta vez la lluvia no le hacía doler las articulaciones como de costumbre. Era uno de esos días en los que había más gente en el cementerio que en la calle. Un olor a pino recién cortado se le colaba por los pulmones. Aceleró un poco el paso cuando la vio ahí, esperando quieta en la parada del autobús.

Era hermosa. Anoche se había fijado en ella desde que entró al bar. Sus rizos caían en la mesa de billar cuando se inclinaba para hacer un tiro. Le costó algo de trabajo acercarse a hablar con ella, ya que le daba un vértigo espantoso mirarle directamente a esos ojos azul profundo. No sólo azul: azul profundo.

Dominó su miedo y se le acercó con una de aquellas latas grandes de sidra barata que vendían a mitad de precio por dos horas consecutivas. Ella se rió un poco de él, pero al final cedió a entablar una muy buena charla que vagabundeó entre música clásica, peleas de perros, atardeceres y viajes al Asia menor.

Después de un par de horas, y unas seis o siete latas de sidra más, ella se marchó plantándole un beso en la mejilla y deslizándole en el bolsillo de su camisa un papel con su teléfono. Él se había quedado anonadado un rato mirando a aquél pedazo de vacío color morado. Con forma de bufanda. La bufanda que le iba a regresar ahora mismo que caminaba hacia la parada de autobús.

Ella llevaba unos seis, tal vez siete, pero no más de ocho minutos esperándole. La resaca por la salidita de la noche anterior aún le taladraba las sienes. Lo peor es que no sabía por qué este mentecato quería verla. En una parada de autobús. Nunca debió de darle el teléfono, maldita sea. Lo vio acercándose con una sonrisa idiota que mostraba las encías.

- Hola.
- No me gustan los diálogos.
- Está bien…

Él le mostró la bufanda y arqueó las cejas. Ella frunció el ceño y miró el pedazo de tela morada que desconocía. Ambos se encogieron de hombros. Él confundido, ella harta.

A lo lejos, el loco del pueblo los veía mediante unos binoculares. Temblaba de frío, pero la risa hacía que no extrañara tanto a su bufanda.

5.12.10

¿Qué estás dispuesto a sacrificar?

Desde: Stockholm County, Sweden
Mucha gente pregunta la fórmula para poder cambiar fácilmente de estilo de vida. Adaptarse a una nueva sociedad, a nueva comida, a un nuevo clima, a un nuevo idioma puede costar trabajo. Pero no es lo nuevo lo que es complicado. Es lo que dejamos atrás.

Casi nunca escribo algo basado meramente en experiencia personal, pero en este ámbito sí me siento un líder de opinión. He conocido en los distintos países donde he residido a gente que cambia de hábitos como de calcetines. Y el patrón lo veo repetirse una y otra vez, sin importar si las personas que me he topado que tienen esta habilidad sean casadas, solteras, jóvenes, viejas, ricas o pobres. He aquí las principales características:

1) Poseen poco. Pueden meter toda su vida en tres maletas cuando mucho. Esto hace las mudanzas más fáciles y el evitarse tener apego a cosas innecesarias. ("¡Cómo voy a dejar el cuadro del abuelo!" o "¡Mis botas de lluvia favoritas!"). No es que no traigan nada con ellos, pero saben que siempre es mejor comprar algo nuevo que acarrear algo viejo.

2) Saben vivir con los lujos necesarios. Conocen de antemano que les gusta vivir en lugar pequeño y céntrico, o en uno amplio pero alejado, o que no saben cocinar, o que les gusta cocinar, o que fuman equis marca de cigarros, o que no fuman nada de nada. No se trata de no tener ningún lujo, sino de saber qué es lo que les gusta hacer y encontrar la forma de obtenerlo en el nuevo lugar.

3) Mantienen el contacto. A pesar de que estén completamente en un nuevo ambiente, tienen maneras de contactar a sus amigos y familia. No es que estén en contacto las 24/7, pero tienen línea directa si es necesario. Sobre todo porque emocionalmente es complicado cambiar, incluso aunque uno se mude con familia o amigos.

4) Actividades todo el tiempo. La razón más común que he visto que tiene la gente que desiste en cambiar de aires es la de estar deprimida por creer que estaba mejor antes. Lleva tiempo formar una opinión real de una nueva experiencia, ya que siempre estamos comparando inconscientemente experiencias pasadas.

5) No queman las naves, pero sí las ponen muy lejos. Es hasta estúpido tomar una decisión escrita en roca acerca de una nueva ciudad o un nuevo trabajo. Pero es peor tener la puerta trasera abierta en caso de que no funcione al principio.


Finalmente, lo más importante de todo. No existe el lugar perfecto. No existe la persona perfecta. No existe el trabajo perfecto. Pero, ¿qué estás dispuesto a sacrificar?

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